E. KRAUS Y SU EXCURSIÓN AL COCUY DE 1938

Solucionado el problema de alojamiento, la cocinera se apechó con el del comis, caldo de huevos reconfortante que hubimos de ayudar de nuestras alforjas, para hallarnos con la noticia de que don Alfredo le temía al páramo de El Escobal y se había autorreemplazado con Pacho. Pasamos buena noche; tras la inútil madrugada, salimos a las siete y a la hora de duro camino, frente a una tenducha, Pacho enderezó las cargas, tomó alientos con su vaso de guarapo y adquirieron aliento las mulas con la indispensable panela que consigo lleva el viajero de experiencia. La mañana era fresca; un sol brillante iluminaba, al fondo del valle, el poblado de donde habíamos salido. 

Otra hora, cuesta arriba; volvió la tristeza de los páramos; lívidos musgos tejían bordados de infinita delicadeza entre las ramas secas de los árboles; aquí y allá asomaba su cabeza, entre el espartillo, un frailejón anciano. Habíamos llegado al alto del Cañutal. Croar continuo de ranas. Enormes piedras sueltas en la senda, casi intransitable, y Pacho: «Verdá, no ta muy güeno el caminito, patrón; pero ah caminito pa ponerse jeo en invierno…». —A las once llegamos a un rancho solitario, ‘Agua Bendita’, perdido entre los páramos; un vientecillo cortante nos obligó a calarnos las ruanas. Frailejones gigantescos, hasta de 4 metros, dominaban el paisaje, diferenciándose de la espeletia común en la falta de pelusa, reemplazada por una hoja coriácea grande. La monotonía del paisaje la rompían vistas ocasionales sobre el valle del Chicamocha, envuelto en un azul fuerte. 

—A las doce pasadas nos detuvimos en El Escobal y contemplamos por primera vez la Sierra Nevada del Cocuy, que a la sazón cubrían las nubes. De nuestra absorta contemplación nos sacó la voz de Don Gabriel, que nos alcanzaba, doliéndose de que ese paisaje, el más bello de Boyacá y, tal vez, de la República, fuese restado de esplendor por el cielo encapotado; la voz de Don Gabriel temblaba de orgullo.

Alto El Escobal (Foto Kraus).

Empezamos a descender hacia El Cocuy, al que llegamos tras un caldo caliente, pan, cuajada y panela y un duro camino, a eso de las tres de la tarde. El Cocuy es un pueblo bastante grande y simpático que goza de cierta tradición y de un hotel llamado Ben Hur, que rodea un turba de chiquillos. Don Aníbal Quintero, el propietario, dio la orden de alojarnos en la pieza non-plus-ultra. Despedimos a Pacho y las bestias y nos dedicamos a bizmar ciertas molidas partes de nuestras anatomías y a refocilarnos con cerveza. 

Yo me fui a la “calle caliente” en busca de bestias para continuar el viaje; encontré a un tal Joaquín, muy oloroso a chicha, quien me dijo que todas las buenas andaban por los páramos recogiendo la cosecha de papa, pero que él tenía unas y que me las alquilaba por cincuenta pesitos. Dejé a Joaquín con su totuma y regresé a contar mis cuitas a don Aníbal, quien resultó tener, por cinco pesos, una yegüita; y un don Víctor Vera, de por ahí cerca, a cinco juertes cabeza me alquiló tres mulas. Descubrí a José, el muchacho, y —siguiendo el ejemplo de mis compañeros— estiré la osamenta. A buena hora nos levantamos.., pero, aquí de la tragedia usual: no aparecían las bestias; transcurrían las horas y… nada. Al fin, a las nueve, llegó la yegüita; a las nueve y media, las otras tres.

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