E. KRAUS Y SU EXCURSIÓN AL COCUY DE 1938

Pero faltaba la quinta y José. Vuelta a don Gabriel, quien me prestó su formidable macho particular. Pero el tal José no aparecía; al fin lo descubrí en la Notaría «prestando una firmita». Eran las doce. Desesperación. Pero los compañeros se habían conseguido a Luis, otro muchacho, y —dejando al primero “prestando sus firmitas”— emprendimos marcha hacia la cueva de San Antonio. A la hora de camino nos detuvimos a almorzar, en medio de un paisaje delicioso: por doquier, los campos se hallaban cultivados de papa y cebada; los campesinos se aprestaban a recoger el fruto de sus labores. Allí nos alcanzaron los dos hijos de don Gabriel, charlando con los cuales llegamos al Alto.

Amanecer en la Cueva (Foto Kraus).

Desde allí se nos descubrió, casi íntegra y limpia de nubes, la majestuosa Sierra. Eran las tres; ojalá haya quedado en nuestras fotografías algo de la grandeza del paisaje.

Kraus y Lampl contemplan la sierra (Foto Kraus).

Bajamos lentamente al valle de la Cueva, teniendo al frente los picachos esplendorosos, centellantes de luz de atardecer; y, pasadas las cinco, llegamos a la hacienda la Esperanza, en donde nos acogió gentilmente don Leonidas Núñez Millán y su señora. Descargamos, llevamos las bestias al potrero y nos instalamos. Ya se comenzaba a sentir la proximidad de los nevados; hacía un frío de dos grados bajo cero, seco y agradable. La noche avanzaba sobre los picos y descendía por las hoyadas; lucecillas titilantes en la inmensidad de sombra revelaban algún rancho solitario; las ranas de los páramos le ponían puntos suspensivos al silencio hondo de las alturas, marginado por el murmurar discreto de las pequeñas quebradas. Unicamente en los más altos picachos temblaba todavía un débil halo de luz.

Queso, panela, un poco de té caliente; bocanadas de humo de la pipa y… al puro suelo, a pasar la noche más incómoda de todo el viaje. A las cuatro de la mañana nos hizo saltar el frío intenso; la sierra dormía aún en su manto de escarcha; una capa de hielo cubría los pozos. Seis grados bajo cero. ¡Uf! Pero era señal de que un bello día hallábase desperezándose en los Llanos para venir a nuestro encuentro sobre el techo del mundo.

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